El difícil arte del consejo, por Isabel Menéndez

Si te encuentras en alguna dificultad, te dicen qué pasos dar para resolverla. Y los más osados llegan a sugerirte, incluso, cómo cambiar tu vida. Entre el que da consejos y el que los recibe se establece una relación de dependencia. El primero se gratifica dirigiendo las vidas ajenas y el segundo, colocándose en una posición de debilidad de la que obtiene algún placer. Pero no es conveniente aceptar sin reflexionar los consejos que no se piden, ni se deben dar los que no han sido solicitados.

Aquel que da un consejo cuando nadie se lo demanda ejerce un poder que no le corresponde y pone de manifiesto su desconfianza en la capacidad del otro para resolver lo que le ocurre. Desea mostrar fortaleza y trata de ocultar sus dificultades. Dar un consejo con excesiva rapidez implica tapar la boca a quien necesita que le escuchen.

Quienes disfrutan aconsejando establecen relaciones de maternaje con los otros. Ahora bien, este maternaje puede ser dominante, que no deja crecer porque no confía en las capacidades del otro para madurar o, por el contrario, aportar los recursos necesarios para que el otro crezca, una situación que se suele dar con gente que ha resuelto situaciones complicadas y cuya experiencia puede ser útil para quien la demande.

Dar consejos sin que nadie los pida es una actitud arrogante en la que cae aquel que tiene miedo a sus debilidades: como no las soporta, las proyecta sobre el otro para engañarse a sí mismo y convencerse de que la imagen que da es la que corresponde a su yo, pero no es cierto. Lo que le ocurre es que se identifica inconscientemente con la persona en apuros e intenta reparar sus inseguridades.

El consejero adecuado:

  • Los buenos consejos se dan después de investigar lo que le pasa al otro y no se expresan diciéndole lo que tiene que hacer, sino que promueven en él un pensamiento que le ayuda a cambiar. Los malos consejeros no escuchan, imponen.
  • El que busca un consejo debe plantearse si quiere que le ayuden a ver más claro o si busca escabullir su responsabilidad en la decisión a tomar.

Blanca llega a su casa tras una jornada agotadora y protesta: “Siempre acabo resolviendo más trabajo del que me corresponde y, claro, salgo tarde”. “Lo que tendrías que hacer es dejar ese trabajo. Te explotan”, le dice Pablo, su pareja. “A mí me gusta mi trabajo y no quiero dejarlo“, contesta ella irritada. “Pues entonces lo que debes plantearte es hablar con tu jefe”, continúa Pablo. Blanca, esta vez enfadada, le grita: “¿Quieres hacer el favor de dejar de decirme lo que tengo que hacer?”.

Pablo no entiende por qué a Blanca le molestan sus consejos; él solo pretende ayudarla. Blanca, por su parte, no puede soportar que su pareja no confíe en ella.

Pablo tuvo una infancia en la que echó de menos un padre que le aconsejara y le ayudara a sentirse más firme en la vida. Blanca, al contrario, tuvo una madre sobreprotectora, que se pasaba el día dándole recomendaciones, una actitud que ella sintió como una sutil forma de dominio. Así pues, Pablo pretende ayudar a Blanca, porque eso le hace suplir lo que él no tuvo, pero al hacerlo no le da lo que ella necesita: que la entienda, que la escuche. Y Blanca se enfada porque sus consejos le evocan a su madre y se siente dominada, no querida.

La palabra: la manía

  • Es una actitud con la que se intenta ocultar una tendencia a la depresión. En ocasiones no se consigue y entonces aparecen los sujetos dominados por ciclos incontrolables de euforia y tristeza.
  • Todos los estados maníacos producen un incremento de la autoestima y una sensación de placer. La manía es, en realidad, un intento de liberarse de la depresión y de negar las dependencias.

El consejero adecuado

Las personas que se ponen como ejemplo para aconsejar a otros suelen ser narcisistas.

En ocasiones, dar consejos se deriva de una compensación por no poder reconocer y resolver los problemas propios. El que los da cuando se le piden y respeta el criterio del otro es aquel que ha sabido resolver sus dificultades.

El miedo a la libertad de decidir cuando nos angustia la posibilidad de equivocarnos puede llevar a buscar a otro para pedirle un consejo. En esa situación, es fácil someterse al criterio de alguien en quien se confía. Elegir bien a esa persona puede ser determinante para algunas de las decisiones que tomemos en nuestras vidas.

Una decisión acertada es que nuestro consejero sea una persona que sepa escuchar, que no utilice demasiados imperativos y que no se ponga a sí misma como ejemplo porque las personas que se ponen como ejemplo para aconsejar a otros suelen ser narcisistas e inmaduras, lo que les impide respetar la individualidad ajena.

Aquel al que se le pide un consejo ha de ser un amante de la libertad personal. En tal caso, jamás intentará dominarte con sus palabras aprovechando tu estado de necesidad. Porque quien sabe recibir un buen consejo de la persona adecuada ha conseguido cierta destreza para andar en este mundo.

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