Amal Clooney: la abogada que ha eclipsado a la estrella de Hollywood (y George está orgulloso de ello)

La broma provocó la carcajada general de la plana mayor de Hollywood. Pero cinco años después, nadie lo ha explicado mejor que Tina Fey en aquellos memorables Globos de Oro de 2015. “Amal es una abogada especializada en derechos humanos que trabajó en el caso Enron, ha asesorado a Kofi Annan en el conflicto de Siria y forma parte de una comisión de Naciones Unidas que investiga las violaciones de guerra en la franja de Gaza. Así que esta noche su marido, George Clooney, recibe un premio a toda su carrera”. La cámara enfocó a la pareja y, mientras ella sonreía tímidamente esquivando el piloto rojo con la mirada, él se reía con más ganas que nadie ante la sonrojante paradoja. Un lustro más tarde, ese continúa siendo hoy el status quo de la power couple más deslumbrante de Hollywood.

Él es la estrella carismática, respetada y querida de siempre; ella, de manera más discreta, se ha convertido en una destacada líder de la lucha por la libertad de prensa en todo el mundo. Abogada defensora de periodistas represaliadas como la filipina Maria Ressa y asesora del Gobierno británico en materia de libertad de expresión, cada vez es más obvio que la auténtica estrella del matrimonio Clooney es ella. “Es una letrada de primer nivel y su trabajo en la defensa de muchos periodistas ha sido de un valor incalculable para esas personas. Pero su contribución a la libertad de prensa a escala global es mucho más importante todavía”, explica Quinn McKew, directora ejecutiva de Article 19, una importante organización británica sin ánimo de lucro que vela por la libertad de expresión desde hace más de tres décadas.

Sus padres, una reportera y un alto cargo de la ONU, la llamaron Amal, “esperanza”, porque nació en Beirut durante una tregua de la guerra civil.

El periodismo siempre ha formado parte de su vida. Su madre, Baria Alamuddin, es una reconocida reportera política en el Líbano, mientras su padre, Ramzi, fue vicepresidente de la Federación Universal de Agencias de Viajes, un organismo asociado a la ONU. Le pusieron Amal, “esperanza” en árabe, porque nació en Beirut en 1978 durante una tregua de la guerra civil libanesa. Cuando cumplió dos años, la familia se mudó a Londres. Ella fue una niña responsable y estudiosa, cuya única travesura conocida era atracar, de vez en cuando, el armario de su madre. Estudió Derecho en Oxford y más tarde, se mudó a Estados Unidos, donde fue becaria de Sonia Sotomayor, ahora jueza del Tribunal Supremo, y trabajó en el despacho neoyorquino Sullivan & Cromwell mientras aceptaba casos criminales sin cobrar por sus honorarios. Pronto se dio cuenta de que aquellos casos, que a menudo afectaban a personas y colectivos vulnerables, le motivaban mucho más que su trabajo en aquel bufete de peces gordos.

La epifanía se materializó definitivamente cuando, en 2004, empezó a trabajar como secretaria judicial en la Corte Internacional de Justicia de La Haya. No era un trabajo bien pagado, pero resultó ser puramente vocacional. Vivió durante años con un pie en Beirut y otro en La Haya, mientras colaboraba en una investigación de la ONU sobre del asesinato del primer ministro libanés Rafik Hariri, un trabajo muy peligroso que le obligó a vivir durante el tiempo que desempeñó su labor entre fuertes medidas de seguridad.

Regresó a Londres en 2010 para unirse al prestigioso despacho de abogados Doughty Street Chambers. Fue entonces cuando los casos mediáticos empezaron a acumularse sobre su mesa: representó a la exprimera ministra ucraniana Yulia Tymoshenko, al fundador de Wikileaks Julian Assange en su polémico caso de extradición a Suecia, al exprimer ministro de Maldivas Mohamed Nasheed, desalojado del poder por un golpe de estado en 2012, por citar algunos de los que más repercusión tuvieron.

Un año después de su boda con el actor, Amal Clooney ayudó a visibilizar el caso de Nadia Murad, una mujer yazidí cuya familia fue asesinada por el ISIS mientras ella era convertida en esclava sexual de los terroristas en Mosul. La abogada llevó su caso ante las Naciones Unidas y, en 2018, Murad recibió el premio Nobel de la Paz por su activismo contra la explotación sexual. Pero su currículum continúa: Clooney ha formado parte de varias comisiones de Naciones Unidas, ha sido asesora de Kofi Annann [exsecretario general de la ONU], ha impartido clases en la Universidad de Columbia, ha trabajado en el reconocimiento del genocidio armenio…

Aquellos con un bolígrafo en la mano no deberían sentir un lazo alrededor del cuello”.

amal clooney

En los últimos años, la libertad de prensa se ha convertido en su principal cruzada. En 2014, trabajó en el caso del periodista canadiense de origen egipcio Mohamed Fahmy, que había sido encarcelado en Egipto junto a otros dos reporteros de Al Jazeera: Baher Mohamed y Peter Greste. “Aunque no me representó directamente y no tuve interacción con ella mientras estuve en la cárcel, todo lo que hizo por Fahmy también nos ayudó a nosotros y por eso, le estoy muy agradecido. Tras ser liberado, la conocí en Londres y me pareció considerada, inteligente y muy articulada”, recuerda ahora Greste, que pasó más de 400 días en la cárcel, ha trabajado para medios como BBC o Reuters y ha recibido numerosos premios por su trabajo en defensa de la libertad de prensa.

Desde entonces, ha aceptado otros casos similares, como el de los periodistas de Reuters en Myanmar Wa Lone y Kyaw Soe Oo. En 2019, formó parte del equipo legal de la periodista filipina Maria Ressa, nombrada por Time una de las “personas del año” en 2018, perseguida por el Gobierno de Rodrigo Duterte. Ressa está siendo juzgada por un caso de evasión fiscal; las organizaciones en favor de la libertad de prensa consideran que se trata de una campaña de acoso contra ella. Días antes del juicio, Clooney escribía una carta abierta en el Washington Post: “Vivimos en un mundo en el que torturar, asesinar o desmembrar a un periodista en un consulado tiene muy pocas consecuencias”, denunciaba.

Es una de las abogadas especializada en derechos humanos más importantes del mundo. Su reputación y credibilidad, pero también su relación con George, el glamour y la fama, atraen mucha atención a los casos que defiende. Aunque esas cosas no deberían marcar la diferencia y tienen algunos inconvenientes, como la tendencia de algunos a concentrarse más en lo que lleva puesto que en lo que está diciendo, logra llamar la atención de mucha gente. Y esos dos factores, la credibilidad y la fama, pueden ejercer una presión extra sobre los gobiernos que reprimen el periodismo crítico. Su aportación a la causa es importantísima”, explica Greste.

Aunque la fascinación mediática que despierta es un factor indiscutible en todos los casos que defiende, para McKew no es lo que marca la diferencia. “Aunque Amal es una celebridad, por encima de todo es una respetadísima abogada especializada en derechos humanos. Es cierto que su fama atrae mucha más atención de los medios, pero está sostenida sobre una gran integridad y un amplio conocimiento de este asunto”.

El año pasado, el Gobierno británico escogió a Clooney para liderar un panel de expertos legales internacionales cuyo trabajo consistirá en examinar la legislación y proponer nuevas medidas para garantizar la libertad de información y asesorar a gobiernos de todo el mundo en esta materia.

Nunca ha sido más peligroso dedicarse a contar las noticias –dijo entonces la letrada–. Atacar a los periodistas socava la democracia e impide ejercer el control sobre los poderosos mientras permite que se cometan innumerables abusos contra los derechos humanos en la oscuridad. Aquellos con un bolígrafo en la mano no deberían sentir un lazo alrededor del cuello”. Organizaciones como Article 19 tienen muchas esperanzas puestas en ella. Pero exigen que no olvide los asuntos que conciernen al Gobierno británico. “Esperamos que pueda ejercer presión sobre gobiernos que no protegen la libertad de prensa, pero también sobre el británico en casos como el de Julian Assange. Si el Reino Unido lo extraditara a EE.UU., podría enfrentarse a 175 años de cárcel por publicar información sobre los crímenes de guerra norteamericanos. Y eso tendría un efecto devastador en el periodismo de investigación en todo el mundo”, advierte McKew.

Ha conseguido mantener un perfil profesional y blindar su vida privada, sin dejarse engullir por la celebridad.

Hasta ahora, Clooney ha demostrado que no tiene reparos a la hora de señalar a los poderosos, incluido al propio Donald Trump, al que ha acusado de inspirar el lenguaje belicoso que algunos líderes autoritarios utilizan contra los periodistas. En opinión del reportero de Al Jazeera Peter Greste, el trabajo de Amal Clooney seguirá siendo fundamental a partir de ahora. “Espero que ayude a mantener este tema en la agenda global, porque la libertad de prensa está retrocediendo en todo el mundo y hemos asistido a casos de perfil alto como el asesinato de Jamal Khashoggi o los ataques a Maria Ressa. La implicación de Amal ayuda a mantener la presión pública”.

Clooney ha conseguido todo esto sin dejarse engullir por su estatus de celebridad y blindando su vida privada. Contra todo pronóstico, porque su extravagante boda en Venecia en 2014 (con decenas de invitados famosos, celebraciones que duraron tres días y tres noches, y exclusivas millonarias) hacía presagiar algo distinto.

Apenas hay un puñado de fotos de los gemelos de la pareja (que nacieron en 2017) y Amal solo ha concedido una entrevista. Fue en 2018 a la revista Vogue que dirige su amiga, la todopoderosa Anna Wintour. La abogada era una de las anfitrionas de la gala del MET y sincerarse en la portada de la publicación formaba parte del trabajo.

Por primera (y última) vez, Amal habló de todo. De cómo conoció a Clooney en la casa del actor en Como. De cómo primero se hicieron amigos y se intercambiaron cientos de e-mails, en los que él, haciendo gala de su legendario sentido del humor, escribía en boca de Einstein, su perro. Y de cómo George le pidió matrimonio durante un safari en África, cuando un grupo de jirafas (el animal favorito de Amal) se acercó a ella y el actor encontró la motivación definitiva para dejar de ser el soltero más codiciado del planeta. Ni su fascinante historia de amor ni todo el glamour de Hollywood han logrado definirla. Ni, por supuesto, apartarla de su vocación y su destino hasta convertirse en la reina de la prensa libre. Larga vida a Amal Clooney.

Sedes de una power couple

Aunque viven con un pie en Los Ángeles y otro en el Reino Unido, la vida social de los Clooney es cada vez más aristocrática y londinense. En 2014, la pareja compró una impresionante mansión situada en una pequeña isla del Támesis, donde pasan largas temporadas. Su relación con la realeza británica se ha vuelto muy estrecha. Tras asistir a la boda del príncipe Harry y Meghan Markle, Amal organizó la baby shower de la duquesa en Nueva York. El año pasado, ese vínculo con los Windsor cristalizó cuando la fundación del príncipe Carlos anunció la creación del Premio Amal Clooney, para distinguir a “mujeres jóvenes que han marcado la diferencia en sus comunidades”.

Los Clooney también ejercen de anfitriones en su casa de Como, donde el año pasado recibieron a los Obama. Además de codearse con aristócratas y poderosos, están cada vez más volcado en su labor filantrópica: han creado una fundación (Clooney Foundation for Justice) y donado importantes sumas para paliar los efectos de la pandemia y la reciente explosión que devastó Beirut.

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